Hace un tiempo que vivo con mi pareja. Él se mudó a la que solía ser mi casa y se adaptó rápidamente a una rutina que ya existía antes de formalizar el trámite (porque hacía muchos meses no frecuentaba su propia casa, como suele pasar). Apenas se instaló e hicimos nuestro apartamento mucho más bello y vivo de lo que era cuando era sólo mío, empezó la seguidilla de housewarming a amigos y familiares. La presentación tenía varios aspectos distintos, desde noche de juegos más largas y elaboradas, hasta una pasada a vichar rapidito de camino a otro lugar. 

En cualquier situación que pasara un allegado de él, fueran cinco minutos o tres horas y media, yo me ponía a ordenar y limpiar como una loca. No digo que él no me acompañara con el orden, sólo que a él no le surgía, no le parecía grave que viniera su hermano y hubieran migas en la mesa, o sus amigos vieran que había ropa sin doblar en nuestra cama sin tender. Yo creo que ahí me quedé pensando hasta que me di cuenta de que mi pulsión de ordenar y limpiar (nunca fui la peor pero tampoco Marie Kondo) surgía de un miedo de que sus amigos o familia pensaran que YO fuera una enquilombada. Como que si venían y estaba todo reluciente, en su lugar iban a pensar “ay que linda que tiene la casa Fle”. 

Cuando me di cuenta de eso me quedé muy sorprendida conmigo misma, ¿de dónde había salido ese viaje tipo ama de casa de los cincuenta? Sin mi conocimiento y mi consentimiento me habían inculcado esta creencia invisible de que el mantenimiento, cuidado y liderazgo del hogar era mi responsabilidad. ¿Quién más respondió en el censo del 2023 que era la jefa del hogar?

La disociación con estos conceptos de antaño es que (en relaciones heterosexuales cis etc etc) las esposas se ocupaban de la casa y los maridos del trabajo, cuando ahora ambos trabajan y la mujer siente la responsabilidad por la casa (y NI QUE HABLAR si tienen hijos, las reuniones de padres, si hay que hacerles el disfraz de fin de año y todas cosas que no me da ni la materia gris para imaginar). El hombre millennial de hoy es más bien relajado, obvio que te ayuda, pero no va a pensar antes que vos que hay que ir a la feria el finde porque se comieron la última milanesa el jueves, ni que aprovechemos de camino a lo de tu viejo que hay una ferretería cerca para comprar la bomba antipulgas que tanto precisamos.

Hay una trend de TikTok (sí, este es el nivel de mis referencias académicas) que se hizo sumamente popular hace un tiempo, sobre el Imperio Romano. Básicamente la consigna era preguntarle a tu novio, amigo, padre o cualquier hombre, qué tan seguido pensaban en el Imperio Romano. El motivo por el cual esto se hizo tan popular, es que la mayoría de los hombres respondían de forma bastante despreocupada, tipo “3 o 4 veces por semana, ¿por?”. Como que no entendían lo raro. Y ahí las mujeres que los grababan se partían de la risa porque no podían concebir pensar sobre algo tan rebuscado tan seguido.

A lo que voy con esto es que creo que tiene mucho para decir sobre los patrones de pensamiento de las mujeres y los hombres, a rasgos generales (obvio que es algo súper binario pero pasa mucho). Hace poco vi otro TikTok (well) en que una chica que hace stand up dice, bromeando, que los hombres y las mujeres no deberían salir juntos, porque “las mujeres hablan de cosas como derechos reproductivos y cómo está tu familia” y los hombres solo “quieren googlear la población de Minneapolis”. No sé si ven a lo que voy con esto.

Creo que los hombres están “habilitados” por la sociedad en pensar en ellos y en curiosidades que les divierten, o en los grandes misterios del universo (¿cómo se hace el vidrio????) mucho más que nosotras. A grandes rasgos creo que a las mujeres nos hacen ser una especie de iPhone humano, extremadamente productivo, eficiente y organizado. Nosotras primero debemos priorizar el que las cosas sucedan, hacernos responsables, acordarnos, planificar, organizar, gestionar. A ver, todo lo que hago en mi laburo, pero gratis. Esto genera un sobrepeso y desbalance importantísimo de un montón de trabajo que la mujer hace y que es invisible, y que no implica el clásico “yo limpio y mi marido no hace nada”, sino el moderno “yo me tengo que acordar de agitar a mi marido que tenemos que limpiar, y setearlo un día que sepa que él pueda y yo me acomode, si bien luego hacemos el 50% cada uno”.

Esto se conoce como “la carga mental”. La carga mental es un concepto que describe la labor invisible vinculada a la administración de un hogar y la familia, siendo una responsabilidad que recae comúnmente en las mujeres. La carga mental no se refiere a las tareas físicas, sino más bien a supervisar esas labores. Implica estar a cargo de una lista interminable de pendientes que se ejecuta constantemente en la mente, recordar lo que debe hacerse y cuándo, asignar las tareas a los miembros correspondientes de la familia y asegurarse de que se realicen efectivamente. Un estudio publicado en la American Sociological Review la describe como la responsabilidad de «anticipar necesidades, identificar opciones para satisfacerlas, tomar decisiones y monitorear el progreso». Básicamente, ser la Project Manager del hogar.

Además de consumir tiempo y energía, este tipo de trabajo doméstico suele pasarse por alto. En otras palabras, las mujeres ni siquiera reciben reconocimiento por realizar este trabajo. Esto también genera dificultad a la hora de explicar al hombre que se necesita colaboración con esta tarea, ya que por lo general, ni siquiera están al tanto que suceda y les dificulta mucho encontrar una forma de incorporarla a sus vidas.

Investigar sobre la carga mental es un camino de vida, porque de alguna manera justifica todas las sospechas de una sobre las dinámicas de género, el por qué sucede (nos crían para esto, obvio), el hecho que es algo generalizado, y más que nada, la reivindicación de “que yo tengo razón”. Y sí, obvio que sí. Pero también creo que como cualquier dinámica de género, hay un montón de cosas para desentrañar ahí. Creo que si bien el sentimiento es totalmente justificado, muchos de estos artículos también sólo toman la perspectiva de la mujer, porque la mujer es funcional al sistema que premia la productividad y la eficiencia por sobre todo. La preocupación de sobregestionar y controlar también es algo que nos inculcan de chicas, y creo que también hay que aprender que hay valor en hacer cosas que no sirvan a ningún propósito o meta.

Aparentemente también, las mujeres tienden a hacer más tareas domésticas cuando viven con una pareja que cuando viven solas. Según Lucia Ciciolla, Ph.D., una psicóloga de la Universidad Estatal de Oklahoma que ha investigado los impactos del trabajo invisible en las madres, se debe a que las mujeres se sienten presionadas a «cumplir con el género» una vez que viven con una pareja.

«Es posible que las mujeres hayan internalizado las expectativas sobre cómo debería ser su hogar y su familia, y aunque se les dice que no se preocupen, es muy difícil dejar de lado las expectativas arraigadas de lo que una buena madre y ama de casa hacen», explica Ciciolla. Y es bastante lo que siento que me pasó a mí.

A veces pensamos que estamos lejísimos del concepto de “ama de casa”. Nací en los 90s y nunca me puse un delantal, ¿qué tengo que ver con todo ese viaje? Pero creo que todo esto ilustra lo prevalente que sigue estando inconscientemente todas estas expectativas de antaño en muchas de nosotras, y que el cambio no se vale sólo de que el hombre aprenda a ser Project Manager del hogar, sino también en que nosotras podamos googlear la población de Minneapolis. Llegar a un punto medio en que nuestras parejas puedan entender esto para que también podamos apoyarnos más en ellos, soltar el micromanaging, y no tener que servir siempre a la sociedad de la productividad. Aflojarle un poco también a toda esa presión ansiosa de ser perfectas en nuestro hogar y en nuestras vidas, que podamos hacer algunas cosas que no sean “para nada”, o pensar más en nuestra propia versión del Imperio Romano (la mía es la Jojo Siwa, ¿la de ustedes?).

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