¡Qué lindo es cuando cae el veranillo de julio! Venís de semanas a puro abrigo, frío y viento. Te guardás de todo y de todos porque, claramente, es invierno y no te podés dar el lujo ni de un resfrío. Y cuando llega ese ansiado momento, esos dos días de pura magia climática en los cuales se levanta la temperatura en una brisa tibia pegajosa al mismo tiempo de tus ganas de bañarte con ella.
Sábado de sol, veranillo a pleno y voy a encontrarme con los hijos de mi hermana y su exmarido en el Parque Rodó; mención especial a uno de los lugares más icónicos de Montevideo y de gran valor bohemio-sentimental, probablemente un romanticismo propio por el simple hecho de tomarlo como un pulmón de pureza entre tantos humanideros. Allí nos encontramos, en el de los niños, cerca de los caballitos y más cerca aún de las tazas giratorias. En esas tazas giratorias mismo le explico a mi sobrina que la acompaño a todo menos a ese jueguito, me marea demasiado y decide ir por el ómnibus que sube y baja. Mientras los espero abajo pude sentir que alguien me tocaba el hombro con la mirada. Una locura, pero esa sensación de “me están mirando” la tuvimos todos alguna vez.
Me doy vuelta y veo a un pibe, ni muy pibe ni muy daddy; alto, con una melena dorada y ojos impactantemente penetrantes de un azul oceánico profundo. Sonreí, me sonrió y se acercó.
-Yo tenía una patineta como esa, bah…Capaz no tan grande.
-Ah si? – contesté con más interés ahora.
No recuerdo muy bien el intercambio, pero fue de patinetas; se mencionaron algunos países y música. Alcanzó con eso. Bajaron mis sobrinos del bus a mi encuentro y él, manejaba el jueguito de las tacitas.
Me quedé tal cual como cuando estás caminando bien en la tuya, pasa alguien y te encaja un culetazo de costado. Así como “¡¿Qué fue eso?!” y no pude sacudirme esa sensación hasta el siguiente día: por cuestiones obvias de veranillo iba a ir a patinar. Queriendo hacer usufructo de la nueva y mejorada 21 de Setiembre me aventuro con el longboard hasta que tengo que cruzar Bulevar. Me bajo, voy caminando y cantando con el sol en la frente y de repente giro a la izquierda para mirar si me atropellan y lo veo al sol, también sonriendo y comiendo al lado de unos juegos. Crucé, me acerqué y nos encontramos.
Hablamos muy poco, fue una confirmación más que un acercamiento, me dijo que sabía que me iba a volver a ver y me dio su número. Me fui al encuentro de un amigo y le escribí 20 minutos después para que tuviese el mío. Me invitó a acompañarlo a almorzar día siguiente en el parque, mientras tenía su hora libre. Fui y en cuestión de media hora sabíamos que lo que podría ser mojar tímidamente los pies en el agua iba a transformarse en correr y zambullirse en un chapuzón. Mis vacaciones y sus horarios especiales hicieron que coincidiéramos esa misma noche después que terminó su turno y yo mis patinadas sociales. Nos deleitamos hablándonos y escuchándonos mutuamente. Ahí pude enterarme de que era un hippie.
Ya sabemos que tengo un talón de senderista respecto a los hippies en general, este era especialmente interesante. Había vivido en Europa, hablaba como 5 idiomas, era músico, vegetariano, antisistema, conspiracionista y, más delicioso aún en su categoría: terraplanista. Fascinante. Peligrosamente fascinante. Cabe destacar que en ese breve almuerzo de parque soleado un impulso lo arrebató y me dio un beso que me sacó de la línea temporal, no era casualidad que se cruzaran el hambre y las ganas de comer.
Luego de buscar excusas para caminar, charlar, abrazarnos, lo invité a casa y la experiencia de natación fue inmersiva. Desde el susurro de las más leves olas acariciando la orilla de la arena y desapareciendo en sus poros hasta la tempestad de oleaje y sacudidas del medio del propio Poseidón. Con el ritmo perfecto de la naturaleza nos olvidamos de dormir, de tomar agua, de comer, de que había tierra firme en algún lado. Nos olvidamos hasta que nos dimos cuenta de que eran las cinco de la tarde del otro día y había un mundo afuera de esa cama. Nos despedimos sabiéndonos que nos habíamos encontrado.
A partir de ese momento la continuidad fue directamente proporcional a la intensidad y la profundidad. Saboreábamos cada momento como quien se prepara para ir a la mar, donde puede controlar todo y a su vez donde por primera vez no puede controlar nada y dejarse hacer la plancha ante el oleaje intermitente solamente interrumpido por la inevitable realidad: se terminaron las vacaciones. Lo primero que me indicó eso fue una conversación en mi cocina, en la cual él me dijo que no podría tener una relación conmigo; él quiere continuar con su legado genético y yo por tener la vacuna contra el Covid estoy fuera de categoría. Mientras cortaba verduras lo quedo mirando y no sabía si reírme en su cara o buscar las palabras correctas para poder respetar su ideología sin atropellar la mía.
– ¿No te parece un poco presuntuoso pensar que yo quisiera tener hijos contigo? – le pregunté.
-…
– Apenas nos estamos conociendo, sí, disfrutamos pila del proceso, pero ¿qué te hace pensar que yo puedo considerar a largo plazo tener hijos con alguien que afirma al 100% que la tierra es plana?
No supo qué contestar. Le llevó un par de segundos a su usualmente ágil conexión neuronal poder emitir algo. Que él consideraba esas cosas en los vínculos, que tenía vínculos libres, pero no descarta y le gustaría poder seguir procreándose (ah, me olvidé de contar que tiene una hija de 6 años en Alemania). Y ahí empecé a sentir como el invierno se volvía a colar por la ventana.
Los hippies no tienen horarios, tienen algunos horarios, pero no tienen muchos horarios. Yo, por el contrario, me jacto de ser un reloj suizo. Seguíamos charlando y surcando los mares del hedonismo juntos o al menos así se sentía cuando evitábamos los icebergs ideológicos que cada vez aparecían más. Para explicar un poco; yo creo en todo y no creo en nada. Básicamente creo que todas las ideologías son interesantes y hasta plausibles, incluso las más descabelladas. Podría tener un título meritorio en teorías conspirativas de la misma manera que me interesa profundamente la teología: todo es interesante. Y más aún lo que creemos y creamos para lidiar con nuestras existencias me parece fascinante. Él me parecía fascinante en su discurso socialmente inadaptado salpicado de misticismo y dogmatismo. A él le parecía disonante mi incredulidad aún dentro de mis conocimientos y manejos de sus principios. Hablábamos el mismo idioma, pero leíamos distintos libros de vida.
Parte de mi fascinación con todos los seres humanos, quizás hasta los más extravagantes, es la posibilidad del intercambio. De aprender y de encontrar nuevas perspectivas, de intercambiar las propias y de construir unas nuevas a través de ese entretejido de almas. Parte de mi resistencia a ciertos humanos es la insistencia con la cual se consumen de ideologías para luego embutírtelas por todos tus espacios. Este pibe hacía eso. No sólo quería convencerme de su terraplanismo acérrimo, sino de todas las cosas que me enviaba por las redes sociales eran recortes y teorías explicativas de varias cosas que «nos ocultaron» y que «no sabemos». Been there, done that. No me estás mostrando nada nuevo. Luego de manifestarme en varias oportunidades acerca de mi respeto por sus creencias mas no así su imposición de las mismas sobre mí y por ende que sea juez, fiscal y verdugo de mis perspectivas, le pedí que dejara de mandarme cosas. Siguió haciéndolo y la dinámica se tornaba más un debate abierto y un depósito de energía retórica y persuasiva nivel simposio. Demasiado para un veranillo. Ante esa omisión de consideración fue que le dije directamente que me deje de mandar pelotudeces, que ya las conocía, y que cuando me muestre algo que ya no haya visto que ahí podemos debatir. Que no me interesa en lo más mínimo si la tierra es plana o redonda, yo mañana voy a ir a laburar y la UTE la tengo que pagar igual. Que, si es tan plana entonces, ya que nada lo ata, por qué no se toma un buque literalmente y se va a investigar. A ver quiénes son esas personas que él dice “nos ocultan cosas”, ¿la élite? Wow. Básicamente me estaba diciendo que los chinos inventaron la pólvora.
Luego de numerosos intercambios virtuales de esgrima sintáctico y gramatical, en el cual me instaba a no decir “persona”, pues significa máscara y se refiere al sujeto jurídico para el orden social, hasta cuestionar mis hábitos y corregir mi sintaxis (¡Qué tupé!), empecé a vislumbrar los contenidos que se encontraban en tales firmes e inamovibles estructuras. Lo charlaba con mis amigas, al principio justificando todo ese chapoteo oceánico lúdico y espiritual, luego ya en vistas de empezar a narrar el Titanic y el iceberg gigante que nadie quería ver. Una de mis amigas me dice:
-Perdoname que te lo diga así, pero siendo lo ordenada, metódica y constante que sos, ¿por qué te gustan tanto los hippies?
-…
Y sí. Por mucho, mucho menos capaz que ni me aventuraba a conocer a otros y sin embargo este hippie, sin prospecto, sin siquiera vivir enteramente solo, sin rumbo ni orientación, pero lleno de conceptos y construcciones utópicas lograba captar mi atención. No supe qué contestar. Me llevó unos segundos y ahí pude verlo. Creo que los “hippies” en general me llevan a un pensamiento mágico en el cual su manera de ver el mundo es completamente distinta; sin límites, sin restricciones, abarcativa y expansionista de comunar y comulgar con todo y todos. De expresar y abrazar ideas y personas a todas por igual. Sin embargo, me cruzo con el hippie más porfiado del condado; alguien que tenía tantos blancos y negros para todo que se había olvidado de que estábamos pintando con colores. Así como alguna vez creía que las personas más sobrias, organizadas y medidas eran rehenes de sus propias rutinas y moderados ideológica y espiritualmente, así también se me inventó en la cabeza que los “hippies” eran todo lo opuesto.
Intenté decírselo bien. Intenté por mensaje e intenté personalmente. Le había prestado un libro de lingüística y una remera un día que se quedó, él me había prestado Ani el niño de las estrellas. Le pedí muchas veces que respetara mi falta de acepción con sus creencias, que yo lo respetaba, pero no por eso iba a adoptarlas. Me exigió la devolución de su libro, le dije que pasaba un día y se lo dejaba en el parque, pero si tanto, tanto lo necesita ahora que lo mandaba en Rappi. Se enojó e intentó ser mordaz y ácido con sus expresiones. Me dio cierta pena, no por el vínculo sino por lo de manual que resultaba toda esa interacción. Lo bloqueé.
Semanas después… creo que un mes incluso, me levanto y veo por debajo de mi puerta una carta. Sí, una carta escrita a mano. Una carta que arranca con “carta para una mujer especial” y tiene una estrellita dibujada. Diferentes tipografías, diferentes colores de lapicera y yo por dentro mientras leía pensaba “a la mierda de disociación, amigo”. Era como si muchas personas hubiesen escrito esa carta, parte pidiendo disculpas y asumiendo su trasgresión de límites, parte en halagos hacia mi persona, parte en racconto de nuestros sucesos. Cuestión que dije “ah bueno”, porque la vida no me deja de sorprender. En 2023 recibir una carta a mano tiene valor, independientemente del contenido y del escritor, del propósito o de la necesidad; la expresión en sus más sutiles e impulsivos estados escasea.
Me senté y le contesté; a mano, con la misma lapicera y en una tipografía que casi podía leerse como texto justificado. Ese mismo día antes de ir a patinar pasé por el parque con su libro y adentro la carta, en la cual apreciaba su gesto y repasaba la importancia del respeto entre almas que se reconocen o participan de un intercambio tan íntimo y tan profundo incluso en tan poco *tiempo*. En la carta me despedía y le deseaba suerte. Fui, se sorprendió, me abrazó. Le entregué el libro. Se disculpó nuevamente (créanme que con el poco conocimiento que tengo, disculparse no está dentro de su naturaleza). Me confesó que se enojó tanto por nuestra desconexión que quemó el libro que le presté.
SÍ: LO QUEMÓ. En ese instante no supe si cagarme de risa en la cara o salir corriendo por loco patológico. Me di cuenta de que todos lidiamos con las herramientas que nos tocaron o que nos vamos consiguiendo por el camino. Que lo que se generó entre nosotros lo tocó en una fibra muy profunda al punto de tener que quemar algo para poder desprenderse de eso. Que quizás todo lo que él creía y creaba era solamente eso, un cuento que se cuenta a sí mismo para poder lidiar con su existencia y darle sentido a lo que a veces no tiene más sentido que el del ser.
Me fui despidiéndome con un abrazo. Sé que leyó la carta. No nos comunicamos durante muchas semanas hasta que en los primeros calores de la incipiente primavera apareció una solicitud de mensaje. Hablamos con el pedido de respetarnos. Nos vimos. Nos sumergimos y nos empapamos, yo pudiendo ser la arena y la playa; impactada, acariciada, mojada pero no hundida ni arrastrada al fondo de sus propias corrientes.
Me di el lujo de equivocarme para un lado, así como me equivocaba para el otro. Me di el lujo de recordar que cuanto más nos aferramos a una idea o concepto menos tenemos las manos libres para abrazar otros y a otros. Me di el lujo de sentirme cómoda en mi rutina y mis escapes porque ni una ni la otra me definen en pensamiento y creación, sino que son los canales para ejecutarlos. Me di el lujo de mirar a otros con otros ojos; no porque tengas el pelo largo, seas vegetariano y andes de trotamundos significa que estás en una con el todo y en todo con uno mismo. Ni porque seas un contador de 9 a 5 fanático del informativo estás cerrado al mundo y sus posibilidades.
Y sí, ahora la hippie de mierda soy yo.

