
16 años le llevó al Buti decirme algo que jamás hubiese sospechado de él: que me quería, que me quería en serio.
Que me quería ya lo sabía sin que él me lo dijera, aunque era muy borrosa su línea entre querer y ser un témpano sapiosexual en necesidad de un intercambio verborrágico. Sabía que mi manera de pensar y elaborar elocuentemente ciertas ideas, algunas más polémicas y dicotómicas que otras, era algo que lo dejaba (muy pocas veces) sin palabras. Siempre me dijo por mi apellido, hasta que el año pasado, después de 16 años de habernos conocido, pudo decir mi nombre.
Ahora empieza la precuela en un párrafo de “todo lo que está mal”, apróntense: universidad, profesor, alumna, noche, sustancias y la vida misma. Con esos sustantivos pueden armar un menjunje que seguramente sea lo que no podría escribir detalladamente por recato y decoro. Este sujeto me conocía bien, yo lo conocía lo suficiente. La diferencia de edad y el contexto en su momento hizo que surgiera todo eso que sale en el manual: admiración, fantasía, curiosidad y morbo. Ese tipo de dinámica en la cual una está a la espera; a la espera de un encuentro, de un mensaje, de un mínimo de atención que te haga sentir única. Esa dinámica en la cual te dicen que contigo comparten como con nadie, que a vos te cuentan cosas que a otros no, que vos los entendés como poca gente los ha entendido. Ese tipo de dinámica en la cual cada vez que te sacaban de la cajita para jugar vos estabas ahí, cumpliendo tu rol de receptáculo emocional y físico. Siendo una Barbie parlante de ocasión sin el Ken haciendo juego. Esas dinámicas que te cuentan por qué tienen el corazón partido, sus traumas familiares, sus inconformidades laborales y sociales, esas dinámicas que contestás mensajes a las 2am y te tomás un taxi para hacerle el aguante a un incontinente verbal. Vale aclarar que esto sucedió hace muchos años y en esa etapa de mi vida yo venía cumpliendo mis roles a rajatabla; la hija 12, la hermana colaborativa, la novia y nuera perfecta, dándole a todos la Barbie que más se asemejaba con sus expectativas.
Creo que con el Buti — no vamos a aclarar su sobrenombre porque esta vez fue bautizado unilateralmente — cumplimos con todas las mencionadas. Capaz que fue lo que necesitaba vivir en ese momento para aprender lo que sin darme cuenta hasta ahora venía repitiendo una y otra vez. Una nena de mamá como yo, en su segundo año de facultad, con una sed insaciable de ver, saber, conocer y vivir, sin saber que de alguna manera me estaba metiendo en un arenero pensando que era una juguetería. Esa versión mía de hace 16 años se cruza con alguien que vio en mí un muñequito de acción interactivo. Hablemos de emociones entonces, de cómo una confunde atención con afecto, morbo con fantasía y tiempo con sentimientos. Hablemos de cómo, gracias a una característica innata de disociación cognitiva, estas cosas habían quedado allá en otra vida hasta que apareció un mensaje “hola, ¿cómo estás?”.
Empezó el va y viene típico del momento. El con un discurso bastante boomer de aproximación -el cual surtía efecto cuando era una pendeja, probablemente- y bien como un 5 rústico casi volante stopper salí a rasparle las piernas con los tapones de punta: a la mínima te saco del partido con fractura expuesta. Vuelve a Uruguay, después de todos esos años de vivir en otros países y lograr ser un Don Draper pasado de peso y con la presión arterial alta. Vuelve y quiere que nos veamos. Todo esto me lo comunica entre ironía, sarcasmo, #bardoboludito y llamadas o mensajes desconectadísimos de cualquier línea temporal-espacial. No siendo mi primer rodeo con estos vaqueros del tiempo/espacio de la vida, empiezo a aclarar las expectativas y condiciones del caso. No, en mi casa no; nos vemos en el bar. Ni idea qué me querés decir con esta baboseada y tus casi 50 años pero yo estoy jugando en la sub 30. Obviamente minutos después me encargué de compartir las novedades con quienes conocían del caso y también de actualizar a los que no tenían ni idea de lo que había vivido más de una década atrás.
Este mensaje me cae un mes previo a su llegada y dos días después, su primera llamada fue para contarme la coyuntura socio-política del país donde estaba viviendo, los precios, el clima, toda esa cháchara divertida que podés tener en el consultorio del médico mientras esperas tu turno. Así de “íntimo” era todo eso. Todas con mi apellido al comienzo de cada frase. Me empecé a acordar lentamente de lo que me consumía escucharlo hablar de todo y de nada en sí. Como cuando no te acordás si viste la peli o no hasta que vas por la mitad del asunto. La energía que me llevaba darle esa atención que tanto buscaba y que yo, con mi lozana juventud y traumas no resueltos de otrora le prestaba. La energía que nunca sentí retribuida ni en palabras ni en gestos. La energía que ahora mismo volvía a mí, como vuelve todo. En su proceso de arribo me van llegando mensajes como miguitas dejadas por Hansel y Gretel: “vi algo para vos y te lo tenía que llevar”, “decime qué cigarrillos querés del free shop”, “te llevo una pavada”. Viendo mi posibilidad y tentando a la suerte misma fue que le tiro: “averiguate cuanto está el Ralph celeste”.
Nos encontramos en el bar que está a una cuadra de casa. Él estaba igual, lo que cambió fue su cara. Nunca lo había visto iluminarse en una sonrisa, los ojos chispeantes de alegría y una seudo timidez que después fue confirmada en intimidado. Vi mi bolsa llena de regalitos, Ralph celeste incluido. Para mí era todo un juego. Era la secuela de mi “Barbie va a la Universidad”. Subo al baño a sacarme la típica foto del espejo para mandarle a las chicas con el rótulo “It’s payback time”, matándome de risa de haber ligado un cartón de Camel y un perfume enorme, el último que quedaba en la góndola, según él. Después de prometer algunas cajas bajé a seguir con mi papel. Charlamos como antes, como siempre y como nunca. Nos pusimos al día en cuestiones del mundo SIM pero en cuestiones del mundo interno había un salto enorme, y me tomo la libertad para citarlo: “si a los 23 ya me dejabas zumbando y pensando días con lo que me decías, ahora te convertiste en esa mujer que yo sabía que ibas a ser”. No tengo cómo interpretar eso. Pero de a poco quien yo pensé que venía por lana iba a empezar a irse trasquilado. Fuimos a casa a seguir charlando y quedamos en vernos al otro día. Y así sucesivamente durante los varios días de estadía que él tenía planificados. Charlabamos de su amor profundo, eterno y visceral por sus hijos. Del respeto y amor por su esposa. De su vida de hámster yendo y viniendo de la ciudad al suburbio, escapando a su cotidianeidad a través de amantes, cagadas y hasta (creo) un hijo sin reconocer. Hablamos de mi vida, de mis procesos, de los suyos. Empecé a vislumbrar lo sujeto a todo que estaba él y lo suelta de todo que estaba yo. Él había aceptado su rol de middle-aged Ken, yo recién estaba entendiendo el mío de Barbie empoderada.
La gran pregunta era ¿por qué 16 años después me volvía a sacar del cajón de los juguetes? y ¿por qué yo estaba dispuesta a seguir jugando? Nostalgia quizás, una cuota de alimentar banalmente al ego y otra cuota de reivindicación personal. Me inclino más hacia la primera. Creo que siempre tuve un “soft spot” por aquellas personas que yo pensaba que me hacían sentir especial, inteligente, escuchada y validada en mis acciones. Con el Buti había tenido una dinámica en la cual me podía “medir” de igual a igual intelectualmente y a mis 23 años eso me parecía fascinante y mucho más estimulante que salir a bailar para chuponear. Cuando mis coetáneos estaban hablando de lo que iban a hacer el finde, nosotros estábamos hablando de filosofía e historia. Cuando la gente que se me acercaba sólo lo hacía para aproximarse físicamente, esta dinámica me absorbía intelectualmente. Me sentía elegida y privilegiada. ¡Qué pelotuda! Me da ternura esa versión más chica de mí, como si tuviese que esforzarme y rendir examen en cada encuentro, como si cualquiera de nuestras charlas hubiese sido una defensa de tesis. Cuánto entiendo hoy por hoy (gracias Mercurio retrógrado) cuando se replican situaciones similares en cuerpos distintos. Viéndolo ahora creo que fue un refugio de esa vertiginosidad de mis primeros años de facultad, refugiarme de ese rol de ser perfecta para todo y todos en alguien que aún jugando a las muñecas intelectualoides conmigo nunca llegó a manosear mis emociones. Alguien que me desafiaba (sabiendo el efecto que tiene el querer superarme a mí misma) a ser una muñequita distinta según sus necesidades ocasionales: Barbie psicóloga, Barbie fiestera, Barbie filosófica…
Una de las noches anteriores a irme sola a Buenos Aires (tenía un finde largo ya planificado), quedamos en que tomábamos algo en casa y después íbamos a encontrarnos con unos amigos míos y salir a bolichear. La noche empezó en charlas, risas, mis amigos perplejos de haber traído a un SEÑOR a nuestra salida y ver el abismo entre nosotros. Mientras yo bailaba con ojos cerrados y completamente envuelta en música, el Buti le comía la oreja a mis amigas con frases propias de un hombre que llega a los 50 “porque cuando yo era más joven…”. Cuando me junté con las chicas y charla mediante les empecé a regalar cigarros ellas preguntaban por qué estaba nuevamente jugando ese jueguito. ¿Con qué necesidad? Obviamente me justifiqué torpemente con todas estas razones que expliqué anteriormente y luego de nuestro primer encuentro ahora empezaba la cuota de reivindicación personal, menos como forma de venganza y más como forma de “take a look at me now”, a ver si esta vez podemos medirnos desde otro lugar. Otro desafío, como un puzzle, como un ejercicio de pensamiento lateral que volvía a presentarse y en el cual yo nuevamente estaba dispuesta a hacerme validar con él.
Terminamos volviendo a casa del boliche charlando de todo y de nada, liviano y punzante. El sofá se convirtió en diván de terapia y pude profundizar en todo lo que le estaba sucediendo, por primera vez en 16 años sentí como se abrió alguien que siempre vi como el Perito Moreno: un hielo flotante e impasible en el mar de la intelectualidad. Un guionista de juguetes que proponía y disponía del set, historia y contexto a piacere. Llamémoslo cristales, llamémoslo hormonas y llamémoslo proximidad espacial, pero por un breve momento me sentí otra vez en ese rol de Barbie empática y comprensiva, esa que lo dejaba jugar a voluntad consigo. Afortunadamente no hubo reciprocidad física a mi debilidad pero sí sucedió lo inesperado, un darse cuenta de que ya eran las mil y una, un levantarse de golpe del sofá y que me diga: “Vos no estás entendiendo, __(mi nombre, sí, mi nombre!) ¿no? Yo te amo. Me acuerdo de vos mil veces, ¿para qué te iba a escribir todos estos años si ni cerca de venir a Uruguay estaba?, con mi vida, con mis cosas, pero de las únicas personas que quería ver aparte de mi familia y mi mejor amigo era a vos”. Los ojos inyectados con un montón de emociones que se agolpaban y no pude descifrar cuáles eran. Ni siquiera podía entender lo que me estaba diciendo, pues de todo ese párrafo de precuela que no escribí, tampoco mencioné que nunca hubo un vínculo romántico, emocionalmente controversial seguro, pero romántico jamás. Se va de mi casa amaneciendo después de tirar esa bomba. Me sigue escribiendo por mensaje casi que repitiendo lo mismo. Al otro día silencio. Completo silencio, habíamos quedado en vernos y de esa diarrea emocional pasó a la constipación. ¿Nos sorprende? No nos sorprende (insert sticker).
Nos vimos para cenar justo antes de irme. Volvió el viento helado del glaciar del sur, impenetrable. Nos despedimos con un mini abracito vacío de todo, después de una cena llena de silencios bajo mi mirada escrupulosa. Me despierto al otro día armando el bolso para irme en la tarde. No le escribo un mensaje al respecto de los 10 pasos que habíamos dado hacia adelante para tener una dinámica distinta y sana (los cuales eran condición necesaria y suficiente para que se diera un vínculo nuevamente) y los 20 pasos para atrás que dio al día siguiente de haber vomitado todo eso. Le escribo un word. Una página entera de desconciertos y aclaraciones, machacando lo poco digno en su actitud de fingir demencia luego de semejante confesión. Por primera vez en su vida me contesta con “no sé qué decirte”. No me digas nada. Como tantas historias donde los silencios son mucho más ruidosos que las palabras, cuando uno tiene el hábito de compartimentar situaciones y personas a un lugar emocional donde quedan guardadas juntando polvo y no te hacen estornudar hasta que empezás a hacer limpieza. Poco sabía yo que él no tenía cajón de los recuerdos, me había tenido escondida atrás de su family pack (ese que viene hasta con el auto, el perrito y la cerca blanca) y me sacaba mentalmente para hacerme jugar en sus quimeras.
Tampoco hasta el año pasado, ni hasta hoy en día que escribo esta nota me había dado cuenta que el Buti había contribuido a todo eso que yo repetía una y otra vez. Me había recordado lo que se sentía esa alergia de buscar validación con los demás y cargarme de ronchas en el proceso. Cómo se sentía pedir que jueguen conmigo, que me saquen de la cajita y terminar como esas Barbie medio rapada y con la cara rayada, la mano un cacho mordisqueada y sin un zapato. Me hizo ver cómo siempre estuve midiéndome en comparación con el objeto de mi interés, como quien está intentando leer las preguntas de la entrevista laboral antes que te las hagan para dar tu mejor respuesta y ser la candidata ideal para el puesto. Me he visto tantas veces sin darme cuenta en ese rol, en la friendzoneada de amiga que te escucha más que la psicóloga y capaz está esperando que le des bola pero no se anima porque quiere ser ESA amiga con la cual vos podés abrirte del todo como con nadie. De verme en esas dinámicas de peleitas desafiantes (intelectual o físicamente) que tocan los mismos botones para repetir los mismos patrones: demostrarte cuán piola, inteligente, bonita, educadita, buenita e incluso guarra que soy según el juego que quieras jugar. Siempre queriendo cumplir mis roles, siempre llenando un sinfín de ticks que me ponían por delante…para que veas, para que vean todo lo que soy, sin poder verlo yo.
Me ayudó a entender que mucho de mí y conmigo es para toda la vida, voy a ser todas esas Barbies siempre, no voy a poder ser una u otra. Una sóla categoría me limita y más cuando el rótulo es puesto por otros. Quien soy hoy es un producto de todo lo que me ha pasado y quienes me cruzan van a poder ver la mano mordisqueada pero con los dos zapatos puestos. Que el valor de una misma no va de desde el lugar que te da el otro en su repisa sino donde vos te ponés simplemente por ser quien sos vos. El aprender 16 años después todas las veces que sin darme cuenta, como quien aprieta play, repetí lo mismo buscando resultados diferentes. El empujarme siempre a ser más y mejor de acuerdo a los estándares de ocasión; académicos, físicos, mentales y emocionales. Y que los vínculos que se generaron a través de esos patrones, por más que uno los meta en una caja en el último rincón del placard, el día de la limpieza emocional te los vas a encontrar, algunos los vas a tirar a la mierda porque no hay espacio en tu nueva casa. Otros vas a querer reciclarlos para que combinen con los que ya atesorás.
Nunca, hasta esa noche de su sincericidio, supe que siempre había tenido en la punta de mis dedos la producción y edición de mis repisas, de la cantidad de espacio y lugar que les daba a los distintos elementos que aparecían en la colección de vínculos. Nunca me había dado cuenta hasta ese momento lo limitada que estaba, eligiendo cortarme y pegarme a mí misma de acuerdo a lo que se pretendía de mí y conformarme con un rinconcito. Nunca me había dado cuenta que el compartimentar y dejarme compartimentar en escala de muñeco me frenaba de ser una humana real; no en partes, no sólo intelectualmente por un lado y físicamente por el otro: Ser entera, no mostrar una u otra versión de mí sino abrazarlas y darles lugar a todas como son, sin querer adaptarlas para el juego del momento.
Él volvió a su vida de Mad Men y yo a seguir haciendo limpieza. Logramos por varios momentos resignificar y reescribir un vínculo que estaba en ese lugar del pasado distante, le quitamos el polvo, le pusimos un barniz mucho más sano luego de varias conversaciones y lo colocamos en un lugar más accesible, aunque no tan visible, donde nos saque una sonrisa sin generar polillas. Nunca le di trascendencia a esa historia más allá del tiempo que ocupó en su momento. Nunca siquiera se me había pasado por la cabeza que yo no estaba en su cajón sino en su repisa y darme cuenta que yo lo tenía pronto para donarlo a la Cruz Roja sin haber entendido cuánto de eso estaba repitiendo hoy por hoy al intentar acercarme a alguien que realmente me gusta. 16 años después él vio que yo ya no tengo 23 ni soy una Barbie parlante esperando que jueguen conmigo, buscando adornar un lugarcito en el estante de alguien. Hoy la fantasía que él quiso dejar inmaculada en su memoria había sido superada por la obra en proceso creada con mi propia mano: completa, entera, sin amoldarme a sus expectativas. Hoy Barbie puede ser todo; dulce, sarcástica, profesional, juguetona, coqueta y hippilla. Y Ken, bueno, Ken seguirá siendo sólo Ken.
