Nostalgia, lo que se dice nostalgia, creo que nunca tuve.
Siempre imaginé a la nostalgia como al Azul Cobalto. Tengo una idea de qué tipo de azul es, creo poder identificarlo en una fila llena de colores distintos; no sé si podría identificarlo dentro de la gama de azules sin confundirlo. Cómo no confundir nostalgia con anhelo, apego quizás incluso. Comprendo el concepto, con lógica y la hiper intelectualización que me caracteriza, como saber que el Azul Cobalto es una variedad de azul; pero se me escurre entre los matices la incorporación de la nostalgia como sentimiento.
Siempre admiré, aunque incomprensiblemente, a las personas que sentían realmente nostalgia por algo, o incluso por alguien. Nunca me pasó. Nunca sentí que el tiempo pasado fuese mejor. Nunca experimenté un sentimiento de pertenencia a algo que ya sucedió, a alguien que ya no está. Una infancia feliz, una adolescencia tranquila, una joven adultez eufórica y tumultuosa… ninguna me genera Azul Cobalto. Ni siquiera las relaciones pasadas, los amores de antaño, los compañeros de liceo y las amistades que quedaron en la escuela… quedaron ahí, en esa línea de tiempo pasada. Quizás es porque desde que recuerdo, todo tiempo presente es mejor para mí, o incluso si me aventuro en la imaginación: lo mejor siempre está por venir; y, sin embargo, con el pasado nada.
Es una gran ironía que ante esta escasez de Azul Cobalto mi ser compensó sus carencias generando otro color, similar y casi imperceptiblemente sustituíble: anemoia. Yo no conocía este término pero un día charlando con un amigo coincidimos en que tenemos esa misma emoción sin saber cuál era. La anemoia alude a la nostalgia por algo que no hemos vivido ni conocido, pero que sentimos como una experiencia propia, a veces muy intensa, por ejemplo, después de escuchar una canción que nos traslada a una época del pasado o una imagen que nos hace viajar a otro tiempo. De esto si padezco, gozo, vivo, respiro e inexplicablemente disfruto enormemente. Emociones con vidas o momentos jamás experimentados, sensaciones físicas por un placer que nunca tuve, añoranza por un lugar al que nunca fui, personas a las que nunca conocí.
Nunca pude identificarme con la repetición constante de anécdotas en los grupos de amistades, como sí traer al presente algo lo hiciera más tangible. El pasado ya no está, incluso recordándolo, renombrándolo; ya no es. Esta incapacidad me ha empujado a muchos silencios en una sociedad que vive la memoria y el recuerdo muy profundamente; desde fiestas hasta manifestaciones, que se siente unida más por lo que fue y construye en su mente ese lugar de coincidencia temporal con otros para pertenecer. No es una falta de sensibilidad, simplemente carezco de esa emoción.
Hasta hace poco pensaba que me faltaba un color en la cajita, ese Azul Cobalto. Ese azul que muchos usan para ver sus fotos una y otra vez, o incluso para guardarlas sin mirarlas nunca: pero guardarlas. Ese Azul Cobalto para lagrimear por seres queridos y postear virtualidades a los fallecidos que tienen wi-fi en el más allá. Un Azul Cobalto para ensimismarse romantizando lo que fue y lo que pudo haber sido. No, definitivamente no me tocó ese color en la cajita.
Probablemente por eso es que me autodiagnostico con anemoia, con alguna emoción visceral referente al pasado, algo que me ate a lo que ya fue y no va a ser más. Algún sustituto que me acerque a ese Azul Cobalto que tanta gente usa, para no desentonar ante esa nostalgia popular en la cual “todo tiempo pasado fue mejor”. Quizás mi propia anomalía es esa, haber nacido sin el Azul Cobalto, sin esa hermosa palabra brasilera “saudade” y fue sustituida hábilmente con un símil para pasar desapercibida: anemoia.
Texto: Sofía Cotelo Comba
Fotografía: Martina Vilar
