Hoy en día, podríamos decir que el mundo se divide en dos: swifties y no-swifties. Los y las fans de Taylor Swift llevan un tiempo experimentando una era de bonanza extrema Swiftie. Taylor los tiene muy mal acostumbrados con la constante producción de discos nuevos, la regrabación de sus discos viejos con canciones inéditas y la gira más “fan servicera” de la historia, yendo a países que nunca había visitado. Ser fan de Taylor Swift es realmente una fuente inagotable de alegrías. ¿Y los no-swifties? Puedo imaginar a la mayoría tratando de descifrar este fenómeno que sacudió al mundo y preguntándose por qué no pueden dejar de escuchar hablar sobre este tema.

Personalmente, mi situación actual de swiftie tuvo un camino ambiguo. En realidad, empecé a escuchar a Taylor Swift cuando tenía catorce años y ella dieciocho. En esa época, salió «Fearless» (2008), su segundo álbum, y estábamos en plena era de guitarras, rulos y hormonas. Fueron varios los años de fanatismo: arranqué clases de guitarra para aprender sus canciones y compré todos sus CDs. Sin embargo, ya para cuando salió «Red» (2012) el amor se había disipado, y dejé de seguirle el rastro. Todo cambió recientemente con el «Eras Tour», una gira mundial que abarca dos años (2023-2024) y revisita todas sus “eras”, o momentos marcados por las temáticas, sonidos, estéticas y hasta colores de cada momento o álbum (porque las mujeres para triunfar en el pop se tienen que reinventar todo el tiempo, pero tema para otro día). El impacto a nivel global de este tour me dejó honestamente un poco perpleja, y decidí retomar donde había dejado para ver lo que me había perdido.

No pretendo desentrañar mi relación con la música de Taylor Swift en este artículo, pero quiero ilustrar el vínculo que la gente tiene con su música. Al retomar sus discos más viejos, realmente no podía evitar llorar como una boluda escuchándola. Era como una conexión emocional que quedó hecha con mi yo adolescente. Creo que la habilidad de Taylor para expresar emociones y sentimientos, y su virtuosismo en la escritura, crea la sensación de que está hablando de vos, de tu mejor amiga, o que ella podría ser tu mejor amiga.

Este repunte en mi lazo de antaño con Taylor me hizo explorar su discografía de adulta, y sorpresa: también me sentí mega identificada. Tanto que hasta siento que algunas de sus canciones me han ayudado a procesar y conciliar aspectos o situaciones de mi vida, lo cual es algo bastante fuerte para atribuirle a una popstar.

Pero, dejando de lado mi experiencia personal, si los no-swifties se preguntan por qué Taylor Swift tiene un impacto tan significativo a nivel mundial, la respuesta radica en el vínculo que establece con sus fans, tanto desde el punto de vista del marketing como desde lo artístico. La habilidad única de Taylor para componer y escribir le permite comunicarse con sus seguidores, compartir aspectos de su vida y crear una conexión emocional a través de sus letras. Se podría decir que Taylor Swift es quién es por cómo compone y escribe: es su diferencial, y si sus letras las escribiera otra persona, no sería el fenómeno que es. Eso le da el increíble beneficio de tener línea directa de comunicación con sus fans y contarles más o menos de qué va su vida, en qué momento personal se encuentra, cómo la traicionó el dueño de su sello anterior, o el motivo por el qué dejó con su último ex. Aunque no soy una académica de Taylor Swift y hay aspectos del lore que no conozco en profundidad, puedo afirmar más o menos para qué relación o amigo/a de Taylor se cree que están escritas un gran repertorio de sus canciones, y eso ya dice mucho.

En resumen, al ser abierta y permitir que sus fans participen en su vida personal a través de sus letras, Taylor ya alcanza un nivel de proximidad con sus seguidores que propicia una relación parasocial. Y no una relación parasocial tranqui, sino una en las que tus fans debaten si la bufanda que mencionás en tus letras representa tu virginidad, y si la perdiste con tal o cual estrella famosa.

Las relaciones parasociales son relaciones unilaterales que se forman cuando una persona se siente emocionalmente vinculada a una figura mediática. Cuando estás en una relación parasocial con una estrella pop o una personalidad de YouTube, sentís como si esa persona pudiera ser casi tu amiga. En el caso de Taylor, su imagen inicial se construyó en gran medida en la sensación de que ella podría ser tu amiga. A lo largo de su carrera, Taylor ha hecho cosas como invitar a sus fans a su casa a hacer fiestas de escucha de discos nuevos con galletas caseras, participar en su fandom activamente a través de Tumblr, incorporar mensajes ocultos (los conocidos Easter eggs) en sus canciones, videos e imágenes, etc. 

Sin embargo, a pesar de lo mucho que estas acciones puedan leerse como estrategias, la realidad de la relación con Taylor Swift es que nunca ha dejado de sentirse genuina. Los fans creen comprender la persona que es Taylor y cómo se siente a grandes rasgos. Honestamente, Taylor parece ser una buena persona, o al menos una persona bienintencionada, empática, coherente. Incluso cuando no se centra en su propia experiencia personal, logra captar y expresar la esencia cotidiana de momentos y situaciones, al punto que da la impresión de que no ha vivido toda su juventud y adultez como una estrella de pop. Como mencioné anteriormente, esta sensación de representación abarca desde sus primeras letras adolescentes hasta las más maduras y treintañeras. Para muchas personas, especialmente mujeres, es como haber crecido con ella, desarrollando un vínculo emocional estrecho y sintiéndola cercana de una manera u otra.

Obvio que con esto no busco atribuir la fama de Taylor a una estrategia de marketing, NO. Taylor Swift es reconocida y famosa por su talento, ética laboral y trayectoria. Desde una perspectiva musical, Taylor ha batido récords impresionantes. Este año, se convirtió en la primera artista femenina en la historia de Spotify en alcanzar los 100 millones de oyentes mensuales. Con 12 álbumes número uno en Billboard, ostenta el récord como la mujer con más álbumes en esa posición. Además, es la única mujer solista que ha ganado el premio Grammy al Álbum del Año en tres ocasiones, por «Fearless» (2009), «1989» (2015) y «Folklore» (2020), cada uno en un género musical diferente. Taylor Swift también ha protagonizado movimientos que generaron mucho debate en la industria musical, como la decisión de regrabar parte de su discografía para obtener todos los derechos de sus másters y la elección de no permitir que su música estuviera disponible en streaming en el pasado. Pero, ¿por qué podría decirse hoy día que es de las, sino la, persona más famosa del mundo en la actualidad? 

Analizándolo, son niveles de fama que personalmente no recuerdo haber presenciado (no llegué a Michael Jackson), y quizás esto le resulta llamativo a mucha gente, porque si no le prestas atención detallada, si solo ves los videoclips o los sencillos que lanza sin profundizar en lo que dice o cómo lo expresa, es probable que no comprendas la gran atención y el hype que genera.

Más allá de los logros musicales y las estrategias de la industria, Taylor Swift ha logrado obviamente impacto cultural, pero también, a una enorme escala, impacto económico. Para nombrarles un ejemplo, en los últimos meses comenzó a salir con el jugador de fútbol americano Travis Kelce. Uno pensaría que la NFL no precisa la publicidad, pero esta relación no sólo impulsó las ventas de jerseys de Kelce en un 400%, sino que también generó las mayores ventas de entradas en la temporada del 2023. En palabras de la revista Time, «si Taylor Swift fuera una economía, sería más grande que 50 países». Y es posta, sólo las ganancias del Eras Tour superan el PBI anual de varios países pequeños, según Washington Post.

Obvio que todo esto es un arma de doble filo, se puede abrir la conversación cuantas veces se quiera sobre si tener ese nivel de influencia es algo sano para nuestra sociedad. El documental «Miss Americana» se centra principalmente en el origen del posicionamiento político de Taylor Swift. A pesar de mantener una imagen de “chica buena” que no impone sus creencias a nadie, ya sea por estrategias de relaciones públicas, crianza, seguridad personal o una amalgama de factores, nunca había explicitado sus opiniones políticas. Sin embargo, alrededor de la era de «Lover» (2019), emite su primer publicación a favor de políticos demócratas en Tennessee. Antes de este momento, la crítica hacia Taylor era considerable por no utilizar su plataforma para inspirar a la gente a votar o respaldar a las personas correctas. Esto plantea la cuestión de hasta qué punto tiene sentido que la gente vote simplemente porque se lo pide una estrella pop. Obvio que la gran mayoría de los artistas hoy día tienen la misma opinión política y refuerzan los ideales que llevan a que no los cancelen, pero el nivel de influencia que puede ejercer una sola persona para cambiar la política y la economía es bastante intimidante – ni que hablar si entramos en discusiones de la ética en la acumulación de riqueza.

Además, se podrían abordar las críticas de White Feminism o la percepción de beneficiarse desde su lugar de mujer blanca, rubia, rica (por ejemplo, el poder encarnar en la mirada pública el papel de “chica buena” sin querer cuestionarlo, que es algo que por lo general se atribuye solo a mujeres que lucen como Taylor). En este punto, en que realmente ninguno de estos fenómenos pueden ganar éticamente en la izquierda ni en la derecha, creo que la clave (como en el artículo de Barbie) radica en adoptar una mirada crítica hacia la situación en sí misma. El sistema operaría de manera similar, ya sea con Taylor o sin ella. Es un poco absurdo tener que mencionar la acumulación de la riqueza como si fuera una problemática de Taylor Swift para elogiar sus triunfos. Esto no implica que no deba rendir cuentas, obvio, porque sin billonarios no habría drama, pero la obsesión excesiva con un individuo, incluso siendo una figura poderosa, parece estar centrada en odiar a la próxima cosa de moda o analizar en exceso las acciones de las mujeres. Personalmente, siento que, si tengo que participar en este mundo capitalista, prefiero que la fuerza impulsora de la economía provenga de Taylor Swift y sus fans más que de la NFL (totalmente basada pero qué me importa).

Para ir terminando, podríamos afirmar que la fórmula del éxito y la influencia de Taylor Swift radica en su posición como líder de la industria de la «relatability» (una tendencia popular en celebridades o creadores de contenido que implica que su audiencia se identifique con ellos): ese sentimiento que la persona que consumís es igual a vos. Sin embargo, incluso esta descripción no abarcaría completamente la complejidad del fenómeno. Aunque la “relatability” es crucial en la era actual de nuestros vínculos mediáticos, y encontrarle la vuelta es una fórmula para el éxito, la trayectoria de Taylor Swift va mucho más allá y merece un análisis detenido.

No podemos pasar por alto el hecho de que, a pesar de ser una figura extremadamente adorada en la actualidad, hubo un tiempo no hace mucho en el que la mayoría la detestaba y la catalogaba de «víbora». Este período de rechazo la llevó a experimentar un momento de aislamiento, seguido de un regreso triunfal que transformó la percepción de todos. Esto ofreció a los nuevos swifties la oportunidad de conocerla y a los seguidores de siempre la reivindicación de su ídola «underdog», a la que apoyaron a lo largo de los años mientras el resto «le soltaba la mano».

Realmente, el éxito de Taylor Swift puede entenderse a través de la narrativa. La narrativa como herramienta de storytelling en sus canciones, como la narración de su vida con pistas lúdicas y piezas de puzzle para sus fans, y su narrativa de superar la adversidad y la opinión pública para renacer cual ave fénix y convertirse en la popstar más famosa del mundo. Controlar la narrativa coloca la pelota en su campo, y, sabiendo escribir como Taylor Swift, difícil no aprovecharlo.

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