No voy a llegar a ser vieja, lo tengo más o menos decretado.
No es un valor en sí mismo serlo, ni le debo más o menos respeto a alguien por ser viejo. Con esto dicho ya me pueden ir cancelando, poco me importa.
Sí, conozco viejos entrañables, sí, tengo abuelos. ¿Los quiero? Sí, por supuesto. De hecho tengo recuerdos muy hermosos, más que nada con mis abuelos maternos. También tengo recuerdos idealizados supongo, que con el pasar del tiempo se han hecho más fantasiosos y ya no sé si son un anhelo de lo que quise que fueran o un recuerdo verdadero. Pero bueno, el ejercicio de la memoria es una práctica privilegiada. Hoy no tenemos tiempo ni siquiera para recordar.
La fascinación y el rechazo que me genera la vejez ha ido corriendose más hacia el rechazo que a la fascinación. No es sólo lo estético, aunque no voy a mentir que imaginarme sin dientes, con la piel transparente y la cadera desnorteada no me hace mucha gracia. Digamos las cosas como son, la vejez es una complicación. Es una complicación para los que no somos viejos y debemos cuidar de nuestros padres y abuelos, y para los viejos en sí. Las personas cada vez viven más, eso no es novedad.
La falta de recursos no es proporcional a la longevidad, en Uruguay el sistema jubilatorio se deteriora y encarece pero: «Ay, que admirable ese viejo que vivió hasta los 120 años, pasó por la primera la segunda y hasta la tercera guerra mundial, y vio morir a sus amigos y probablemente a sus hijos que debido a su longevidad debieron pagar con su corta vida».
Claramente mis quejas no vienen por el lado de la plata a la que vamos a acceder los veinteañeros si llegamos a vivir hasta los setenta, teniendo en cuenta que podemos llegar a morir trabajando, y yo a eso me niego rotundamente. Todos los días me levanto pensando que puedo hacer para dejar de trabajar, imaginen todas las ganas que tengo de trabajar hasta los sesenta. ¿Qué gracia tiene vivir hasta los cien años? Si cuando llegue voy a tener la cabeza absolutamente descuajeringada, o el cuerpo, o ambos. La vida en sí misma tendrá el valor que cada uno de nosotros le demos, y alcanzará para mantenernos vivos hasta el día que más o menos nos sintamos con ganas.
Sí, soy despiadada, pero culpen de eso a mi familia. Muchas veces hemos bromeado (y no tanto) con mis padres acerca de su vejez. Dado que soy hija única, y también sobrina única de parte de madre, tendré que lidiar con (posiblemente) cuatro viejos que se volverán maniáticos, propio de su edad, lógicamente.
Mi madre bromea con que yo le daré la pastilla para la eutanasia, y yo digo que de ninguna manera, que tampoco soy una asesina y menos una asesina de madres.
¿No hay ni que decir que estoy a favor de la eutanasia no?
Pero como ser viejo es casi siempre inevitable, y ya he tirado demasiado hate, traigo algunas recomendaciones, guiños y humoradas para que se diviertan. Porque ser viejo es ser humillado e impune a partes más o menos iguales, según el contexto socioeconómico y cultural.
Me pongo de pie para recomendar el emblema que es Esperando la carroza, una de mis películas favoritas de todos los tiempos, y esto se lo debo a mi madre, admiradora del buen cine. Esta película es toda una oda al costumbrismo (corriente estilística que amo), combinadas con sátira y tristeza.
Mamá Cora (su protagonista) es una octogenaria que tiene cuatro hijos que siente el deber de cuidarla pues la mamma como figura sagrada e intocable, pero también la aborrecen. Mamá Cora está senil y los hijos se pasan la pelota para ver quién tendrá la mala suerte de vivir con ella. En toda esta tramoya, previo a un almuerzo de domingo y luego de una discusión en la que ella comete uno de esos actos seniles, ella se escapa. Pasan las horas, en un almuerzo familiar lleno de reproches, y llega una noticia falsa sobre la muerte de Mamá Cora. La familia en medio de la tragedia se hace acreedora de un cuerpo que no es el de la madre. En su velorio, Mamá Cora aparece, luego de haber estado viendo toda la escena previa a su velorio desde una terraza, y preguntándose por qué hay tanto revuelo en la cuadra. Siempre me ha fascinado esta apelícula porque a pesar de ser de los años ochenta sigue en vigencia totalmente: nos enfrenta al concepto de familia tipo, a la carga de la vejez, a quién debe encargarse tradicionalmente de los cuidados y a cómo la senilidad nos marginaliza.
El problema de haber endiosado y marginado a los viejos a partes iguales es que nos sitúa en un lugar incómodo, donde no sabemos si nos acerca el profundo amor y respeto por sus trayectorias vitales o el rechazo a los valores obsoletos que crean una profunda brecha entre viejas y nuevas generaciones.
De esto mismo habla Maite Alberdi, creadora de las películas La Once y El Agente Topo, entre otras. Casi todas sus películas tienen temáticas relacionadas a la vejez, a lo lindo y lo feo de envejecer, pero las más famosas son las arriba mencionadas. Con respecto a La Once, película que retrata a la abuela de la directora y a sus amigas en sus infinitas tardes de té, Maite dice que lo que la llevó a crear ésta película fue el profundo amor por su abuela y las amigas de esta, y a aceptarlas incluso desde el antagonismo ideológico. Me encantó esta entrevista porque se alinea exactamente a lo que pienso, no creo que la vejez está estrictamente asociada a la sabiduría, y me niego a respetar a un viejo solamente porque es viejo a pesar de que esté diciendo atrocidades, pero sí rescato y valoro la memoria, el cariño, los vínculos que perduran a través de los años, la comida y el ocio como motores para seguir compartiendo.
Para cerrar este artículo les recomiendo mucho este video de Natalia Maldini, en su canal Natalia lo arruina todo, que habla de abuelas protagonistas de películas. Me pareció muy bello porque rescata el vínculo con las abuelas y las pone primero como personas antes que abuelas.
Puedo llegar a transar en que no debe ser tan feo ser viejo, siempre y cuando pueda seguir siendo dueña de mi vida y mis ideas.
