Hace ya un año me fui de Uruguay por segunda vez. La primera vez me fui diez meses a trabajar en una escuela en el norte de Francia, en plena pandemia. Era una región casi sin sol, y yo encerrada en un monoambiente con una sola ventana conectándome al exterior (exterior que en realidad era el patio interior de una residencia estudiantil). Las calles estaban desiertas y sólo podíamos salir a trabajar y “pasear” una hora por día, que honestamente, en ese invierno crudo, no era muy tentador. De todas formas recuerdo ese tiempo y esa ciudad con un cariño casi inexplicable, como por arte del síndrome de Estocolmo. Capaz que porque ahí me sentí adulta por primera vez, o capaz que porque me tuvo cautiva.
Desde que me fui esa vez tenía ganas de escribir sobre lo que se siente irse lejos, pero nunca pude ponerlo en palabras.
Me parece un tema tan universal y a la vez íntimo que es difícil de abarcar. Una tarde, sentadxs en la plaza de atrás del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona hace no mucho tiempo, hablé con mis compañerxs del posgrado, que también son de otras partes de latinoamérica, sobre la sensación de tener que estar en dos lados a la vez. Sobre estar faltando allá y no estar aprovechando acá, del tiempo que pasa a veces rapidísimo y a veces tan lento, de estar lejos en los momentos difíciles y no poder dar un abrazo, de sentirse un poco culpables por no estar pendientes de lo que pasa allá. A veces me sigue pasando que me siento mala amiga por no acordarme de mandar mensajes cada tanto para ver cómo están, porque pocas cosas me embolan más en este mundo que la small talk virtual, y porque las llamadas telefónicas siempre me dieron pereza. Entiendo, también, que estar lejos puede significar tener que hacer un esfuerzo para seguir estando a pesar de que haya un océano en el medio. La verdad es que me cuesta bastante.
Pocos meses después de llegar a Barcelona tuve que hacer un trabajo audiovisual para el cual usé de base un poema de Cristina Peri Rossi que dice que partir es siempre partirse en dos. También me acordé del extracto de “La insumisa” en el cual habla sobre su exilio a Barcelona, del desarraigo, del lenguaje que es el mismo pero es muy distinto, de la Rambla de Cataluña y de la calle Balmes, de no sentir que realmente te fuiste de un lado hasta que realmente lo sentís de golpe. Los primeros meses fueron los más difíciles cuando recién llegué. Hacía mucho frío, yo todavía no encontraba un hogar en esta ciudad y mi barrio de la ciudad vieja era muy distinto a la calle del Pinar en la que siempre viví.
Yo no suelo extrañar tanto, pero algunos domingos voy al parque de perros que queda cerca de casa (extraño a mis perros), me cuelgo viendo al gatito de la esquina (extraño a mis gatos), o me sorprendo a mi misma escuchando Jaime Roos (a quién nunca escuché salvo cuando mi padre o mi abuela lo ponían en el auto cuando era chica). Ahora nada me hace llorar tan rápido como escuchar Colombina o acordarme de mis mascotas y de la sensación de irme a la playa un día entre semana después de trabajar para ver el mar (bueno, el río). Acá en Barcelona tenemos mar, pero el camino que me separa de mi piso del Raval a La Barceloneta es abrumador, lleno de turistas, recovecos, olores, ruidos y desorden, que no me molestan para nada en general, salvo cuando mi intención es justamente ir al mar para encontrar calma.
Termino de escribir este texto a pocas semanas de volverme a Uruguay. Hace unas noches soñé que ya estaba allá y a los dos días me aburría y pensaba que ya era hora de volver a irme. Me puse a pensar en el miedo que me da quedarme quieta allá para siempre, que por suerte es menor al miedo que me daría no vivir en Uruguay nunca más. Me puse a pensar en mi constante sensación de que hay vida pasando en otros lados, de que elegir un lugar es perderme de otro y que no hay manera de ganarle a eso. Nunca voy a lograr estar en muchos lados a la vez, y por eso me voy de Barcelona, partiéndome en dos nuevamente. Dejo un pedacito mío acá, cargado de memorias, así como dejé un pedacito mío en ese monoambiente de la calle Saint Genois de Lille, en donde por primera vez viví lejos de la casa que me vio crecer, en donde me terminé mi carrera universitaria vía Zoom, y en donde por momentos me sentí perdida, pero me terminé encontrando. Sigo sin poder escribir realmente sobre irme lejos, pero creo que quizás puedo escribir sobre volver a casa, en donde esos pedacitos míos que dejé en otras partes del mundo dejan de sentirse vacíos.
