Siempre me lastimó y fascinó quizás por partes iguales la relación intrínseca que parece existir entre la mujer y la belleza. Y no digo belleza como sinónimo de ser linda (solamente), sino belleza como fenómeno estético en general. Bella puede ser la capilla sixtina, o unas Dr Martens, o la luz que entra por mi living a las ocho de la mañana y que nunca puedo ver porque siempre pospongo la alarma. El disfrute estético es una nebulosa gigante que está atada a su vez a un montón de cosas hermosas, y de cosas dañinas.
Creo que mirando TikTok fue que me di cuenta de que nuestra obsesión con la belleza es realmente distópica. Y no me refiero al viaje quizás más obvio de que de las mujeres se espera y exige belleza física, sino de que se ha construido una obsesión y equiparación mujer-belleza que llega tan lejos como para esperar que nuestras experiencias y pertenencias sean bellas, curadas y estéticas. Para la mujer, en este paradigma, la belleza es un valor ético.
¿Alguna vez entraron a su “for you page” en TikTok y se encontraron con ese audio viral de casas y decoración linda, paredes de colores, y almohadones con formas de corazón que dice “HOW I LOVE BEING A WOMAN”? Creo que esos videos representan a la perfección mi sentimiento, de que hoy en día, ser mujer pareciera que se trata de lograr un conjunto de cosas que hagan que todo lo que te representa sea bello. De ahí un poco lo que identifico y quiero nombrar: la carrera incesante de poseer los objetos materiales en tendencia, las experiencias romantizadas, y la curaduría excesiva de todo esto, que nos lleva a una performatividad constante.
Por supuesto que esto no es nada nuevo, pero cada vez es más masivo. Sin irnos demasiado atrás puedo decir que cuando era adolescente los responsables de esto eran Tumblr y Weheartit, pero en ese momento no los teníamos todo el tiempo en el bolsillo, ni existían las recomendaciones del teléfono de que entres a una app a cierta hora del día.
Siento que para TikTok especialmente, ser mujer es un poco tener una pajita de vidrio que no mate a las tortugas, comer 1600 calorías por día de comidas espectaculares y de los colores del arcoiris, tener la vincha para sacarte el pelo de la cara todas las mañanas para hacerte tu skincare routine, el icónico termo Stanley que se supone que es para salvar al planeta pero al final tenés uno en cada color, el matcha de la media tarde, los auriculares de Apple que salen un aguinaldo completo.
Es bastante apabullante, porque es la sensación constante que de alguna forma lo femenino intrínsecamente implica la perfección y la necesidad estética llevada a todo lo tangible en tu vida. De alguna manera, es una especie de prisión, si bien una prisión linda. Porque el disfrutar estético que se lleva a los objetos, a las comidas, a la ropa, a los accesorios, a tu casa, a las experiencias, y a toda la romantización de la vida que se propone en redes sociales como un valor femenino, es un viaje que tiene su cuota de artístico, de narrativo. Se supone que no hay nada inherentemente malo en disfrutar de eso, al contrario. Pero es inevitable pensar que llevar lo artístico a ese nivel a la vida de uno – expectativas de romance y perfección estética a un mundo real e imperfecto, es una fórmula para una frustración crónica. Si bien podemos tener las vidas lindas que tienen las chicas de TikTok, la curaduría constante y la performance es algo que no puede existir mucho por fuera de las redes sociales. Yo todas las mañanas de invierno entro a laburar con un pantalón polar de Papá Noel, unas Uggs del 2012 que me regaló mamá, y me pongo un fondo desenfocado para que no se me note el frizz de que me dormí con el pelo mojado. Y estoy segura que muchas de esas cosas “poco estéticas” o “poco románticas” también les pasan a las chicas de TikTok.
Romantizar nuestras vidas es un concepto que no surgió con TikTok pero que creo que se normalizó demasiado ahora. Diez años atrás en la Tumblr era, hasta donde yo sabía, el concepto de romantizar tu vida ya aparecía de a poco, pero quizás un poco más autoconsciente. Hoy día me da la sensación que se usa cual medalla de honor, o como consejo práctico. ¡Romantizá tu vida! Despertate a las 5 am y hacé journaling, escribí 10 cosas de las que estés agradecida, caminá 10 mil pasos y hace tu clase de pilates reformer, y después entrá a trabajar. Yo creo que a la semana tres de hacer esto ya estoy en mi quinto brote psicótico. No quiero ser cínica, pero tiendo a creer que si la gente es capaz de hacer todo esto sin problemas tiene que estar haciéndolo porque le encanta la idea de hacerlo, más que por la satisfacción que da la acción en sí misma. Siento que eso es lo que me pasa por la cabeza cuando me pongo la alarma temprano con la esperanza de vivir mi propia morning routine. Ninguna idea o concepto estético vale la pena que yo esté durmiendo dos horas menos.
La belleza como elemento favorito del consumismo siempre estuvo orientado a la mujer. Creo que simplemente me resulta interesante ver cómo lo que se supone que es contenido, es publicidad. A veces scrolleo dos horas en TikTok y siento que estuve dos horas viendo comerciales. Literalmente al punto que se blanquea lo mucho que las influencers y creadoras de contenido hoy día son vendedoras: “hot girls don’t gatekeep”. Por contexto, gatekeeping sería como excluir gente no dándoles data de calidad. En estos casos, las creadoras lo dicen en sus videos cuando alguien les pregunta “¿de dónde es esa remera?”. “Links en bio, hot girls don’t gatekeep! ¡No es que esté ganando una comisión porque vos compres de mis links de afiliados ni nada!”. Parece todo tan sutil, pero en realidad estamos todo el tiempo consumiendo estas cosas. Me pasa re seguido de ir a los chinos y subconscientemente fijarme si tienen gua-shas. Es medio fuerte, pero en realidad siempre me acuerdo que no tengo ningún motivo para querer una gua-sha. Es como una pulsión de deseo inconsciente que me aflora sin motivos reales más que el contenido random de face yoga que me aparece en las redes día por medio.
Podés ser más o menos susceptible a todo esto, acorde a que tan freak de la estética seas y qué tan crónicamente online estés, pero obvio que nos afecta a todas de mayor o menor medida. Después de todo, este tipo de contenido está casi siempre hecho y orientado a mujeres, y lógicamente no es casualidad.
No sé si puedo conciliar lo que me interpela y lo que me duele la belleza, como mujer. Creo que constantemente siento la belleza como si fuera un valor tangible y presente en el aire. Cuando algo, una experiencia, o una situación me parece poco bella, estoy menos presente, me siento de una forma que no sé si puedo explicar. Si cuando termino de trabajar me acuesto un toque en una cama deshecha, mi cerebro automáticamente me lleva a que es un escenario depresivo, como si fuera una escena de una película. Es esa performatividad constante de qué significarían las cosas si estuvieran detrás de una pantalla, sean horizontales o verticales. En numerosas conversaciones me pasa de identificar raíces de esto, si bien por lo general no son habladas explícitamente, y quizás en ciertos contextos pueda parecer banal, pero creo que son indicativas de la enfermedad de la belleza que tenemos como sociedad. Creo que en el caso de las mujeres, lo genuinamente doloroso es que parezca ser obligatorio. Me gustaría poder disfrutar de la belleza y dejarlo ser parte de mi vida, sin que la alternativa implique todas las ideas negativas que se generan cuando la mujer no acepta lo bello. Históricamente, lo feo es una representación visual de la maldad, y la maldad es inmoral – contrapuesto a la belleza que representa todos los valores puros, de la moralidad y la felicidad.
Realmente dudo mucho de si hay una versión de esta sociedad en que la belleza deje de primar como valor absoluto, como la única cosa que es verdaderamente esencial para las mujeres. Mi madre siempre fue preocupada por la belleza, pero la belleza personal. El shopping, la peluquería y Alicia Risotto. Desde que no vivo con ella me doy cuenta de que cada vez que la veo me hace un comentario sobre por qué no voy al gimnasio. Siempre me esforcé en hacer y cumplir millones de cosas para que mis papás estuvieran orgullosos de mí, pero un día me di cuenta de que lo que más iba a poner orgullosa a mi mamá era que yo lograra las cosas que yo quería, pero siendo linda. No había mucho mérito en la alternativa. Desde que voy al gimnasio, tengo más ganas de ver a mi mamá.
