Katherine Angel sobre la cultura del consentimiento y el feminismo de la confianza en una misma.
Hace unos días terminé de leer un libro que hace meses quería leer: “El buen sexo mañana: mujer y deseo en la era del consentimiento”, de Katherine Angel. Mi librería favorita (La Central del Raval forever) tiene una sección de recomendados, y este ensayo estaba hace tiempo en sus destacados. La portada no falla en llamar la atención, y como toda lectora amateur, siempre juzgo un libro por su portada.
Katherine Angel es una académica nacida en Bruselas en 1976, licenciada en Harvard y doctora en historia de la psiquiatría y la sexualidad por la Universidad de Cambridge. El buen sexo mañana es su tercer libro, publicado en 2020.
Leyendo las primeras páginas en seguida me di cuenta de que este libro plantea algo distinto a lo que se suele escuchar. Angel analiza profundamente la idea del consentimiento como fuente de satisfacción sexual y empoderamiento de las mujeres. Durante todo el ensayo, la autora le da varias vueltas de tuerca al feminismo que ella denomina como el “feminismo de confianza en una misma”: el mismo que, para mí, radica en el movimiento de body positive o amor propio, y que hace del feminismo y del “empoderamiento” (con comillas porque odio esa palabra) una responsabilidad de cada una de rebelarse y prosperar a pesar de una sociedad que nos lo impide sistemáticamente.
Esto me parece súper interesante, partiendo de la base de que el concepto de empoderamiento ya dio tantas, pero tantas vueltas, que perdió completamente el sentido. ¿Qué es estar empoderadas? ¿Saber lo que queremos e ir hacia eso sin ningún tipo de miedo? ¿Ser la personificación del concepto de “girl boss” o “girl power”?
Hace unos meses, en una clase de mi posgrado de Comunicación y Género, una profesora nos hizo hacer una fila en el medio de la clase. Ella decía frases, y si estábamos de acuerdo teníamos que ir hacia nuestra izquierda, y si no, a la derecha. No había posibilidad de grises: todo era sí o no, lo cual generó una dinámica desafiante e interesante. Una de las afirmaciones que dijo la profesora fue “una mujer debe ser independiente para empoderarse”. Muchas dudamos unos segundos, hasta que casi todas fuimos hacia el “no”, y un par se fueron hacia el “sí”. Yo me hubiera quedado en el más o menos, si hubiera estado la opción. Una compañera que estaba en el “no”, mencionó que ella veía a su abuela como una mujer muy fuerte e inteligente, y sin embargo nunca había sido económicamente independiente por su contexto, y que eso no le quitaba valor.
Ahí terminé de darme cuenta de por qué el concepto de empoderamiento hace tiempo no me cerraba: es una visión básica, individualista, casi meritocrática y muy liberal del feminismo (que para mí representa al “feminismo de derecha”, si es que existe tal cosa), que deja afuera a millones de mujeres que por muchas razones que atraviesan la raza, la clase, y demás, no tienen la posibilidad económica de emprender, o de ir a estudiar, o de hablar más fuerte para las escuchen, porque eso puede jugarles en contra, o porque nadie jamás les dijo que tenían derecho a reclamar y a “empoderarse”. Sobre todo, el concepto de empoderamiento se vuelve muy vacío al ser utilizado muy seguido como algo súper personal, que logra cada una al hacerse respetar, al ignorar lo que se le dice o al alcanzar sus metas personales, dejando de lado el carácter comunitario y colectivo que para mí, es la base del feminismo.
Katherine Angel lleva esto al terreno de la sexualidad al problematizar lo que ella llama “la cultura del consentimiento”. La autora explica que hoy en día se le pide a la mujer que sepa exactamente lo que le gusta (a pesar de que lo que nos gusta pueda ser muy cambiante), que practique el autoconocimiento, que sepa verbalizar sus deseos de forma fuerte y clara, si realmente se cree feminista. “Para ser un individuo contemporáneo y empoderado en la cultura del consentimiento, hay que ser capaz de expresar los deseos propios en voz alta y con confianza”, explica Katherine: hay una representación de la mujer feminista y “empoderada” como una mujer que va para adelante sin miedo a nada, que se usa mucho en la publicidad por ejemplo, y esa es una representación que deja afuera a muchas, incluso en lo sexual, que sabemos que es un terreno delicado.
Angel también menciona que no podemos olvidar que hay muchas mujeres que simplemente no pueden no consentir, porque en algunas ocasiones es peligroso o incluso alentador decir que no, porque el miedo es paralizante, porque hay un desbalance de poder, porque dependen de la otra persona para vivir, y mil razones más. No podemos olvidar que “muchas veces las mujeres son castigadas por las mismas actitudes sexuales asertivas que se las anima a encarnar”. Consentir, muchas veces, incluso puede no ser suficiente si no se tiene en cuenta el panorama más amplio y las muchas desigualdades que pueden entrar en juego al momento del acto sexual entre un varón y una mujer.
También, Angel explora ideas que para mí son claves: el consentimiento hace que la mujer sea la única responsable de dar el sí o el no, y puede ser un arma de doble filo al momento de llevar un abuso a la justicia. Siempre es complejo probar un abuso sexual, y no podemos dejar que el haber dicho que sí al comienzo del acto sexual, o que la ausencia de un no definido, sea la excusa para que todo lo que pase después de ese consentimiento sea válido. De hecho, Angel ejemplifica esto muy bien mencionando el caso de una abogada de Harvey Weinstein, que preguntó a una denunciante si había o no dado consentimiento previamente al acto sexual, y en donde la ausencia de un no rotundo y fuerte fue usado en su contra, ignorando completamente el desbalance de poder que entraba en juego, entre otras cuestiones.
Básicamente, no siempre es tan simple decir que no, y estar “empoderadas”, autoconocernos, y percibirnos como feministas no nos salva de situaciones violentas o extremadamente vulnerables. Además, la autora también defiende que la exigencia de saber exactamente qué queremos y qué no queremos y ser poco flexibles al respecto puede limitar la exploración y el descubrimiento de nuestro propio placer. Es importante tener en cuenta que la sexualidad suele ser un terreno de mucha incertidumbre — ni que hablar al principio. Ahí, según Angel, la cultura del consentimiento, encuentra sus limitaciones: “No siempre sabemos lo que queremos (…). No debemos exigir que el deseo sexual sea inalterable y conocido de antemano. Eso sería hacer a la sexualidad rehén de la violencia”.
Sin embargo, la autora de todas formas entiende que el consentimiento, a pesar de sus límites, es la herramienta jurídica más aceptable que tenemos hasta hoy para tratar el tema. Con esta reflexión, nos invita a seguir pensando nuevas formas de abordar la sexualidad, el deseo y la violencia sexual sin descansarnos en el consentimiento como algo suficiente y resuelto. La autora nos hace entender que “el buen sexo” llegará cuando podamos encontrarnos de igual a igual en ese como en todos los terrenos, cuando la vulnerabilidad y la responsabilidad de la seguridad y el placer sean compartidas y no sólo recaigan en las mujeres. “En el sexo, dejarse ir – dejarse ir a lugares intensos, al estrechísimo espacio entre saber y no saber lo que quieres, entre controlar los hechos y dejar que los hechos tomen el control; caer por el tobogán hasta esa corriente de agua que te lleva Dios sabe dónde- requiere depositar una enorme carga de confianza en el otro, confiar en que los demás renuncien a su capacidad para el abuso. Queremos poder decir: confío en que no me harás daño. Confío en que no abusarás de tu poder. Por supuesto, esto es tremendamente difícil. Utópico, quizá”. Como siempre, terminamos concluyendo entre dientes: para que nosotras podamos ser vulnerables y abiertas a lo desconocido, tiene que haber del otro lado alguien que no vaya a aprovecharse de ese poder. Y eso, sin duda, todavía es imposible de garantizar.
