O “what to expect when you’re expecting” es el título de un best seller de hace 25 años acerca del embarazo, pero también es una pregunta que siempre me hago cada vez que siento que tengo que esperar por algo. Ojo, no creo ser una mujer impaciente y definitivamente mi profesión me ha empujado a los límites de mi propia capacidad; de hecho, cuando quien fue mi primera mentora me sugirió seguir este camino (uhhhh misterio misterio) lo primero que le dije fue “¿Vos estás segura? Mirá que la paciencia no es lo mío”. Y de hecho ella estaba segura y más aún, creo que la paciencia es uno de mis fuertes a la hora de ejercer, pero a un costo bastante alto.

Corría el año 2020 y el hombre de quien vamos a hablar hoy intentó citarme (indirectamente) en varias oportunidades luego de haber sido paciente en su consultorio profesional. Desde el primer día que fui le transmitió a mi madre lo fascinado que había quedado con mi persona, sí, a mi madre (pues compartimos consultorio). Él le hacía preguntas acerca de mi vida, de mis hábitos, de mis cuestiones y mi madre muy chocha tirando data como la mejor publicista. En esa época ella pensaba que podría ser un buen candidato para mí; más adulto, coqueto, ordenado a un punto casi obsesivo, simpático, atleta de triatlón, divorciado y sin hijos. En el currículum parecía chequear casi todas las cajitas. Digo casi todas porque personalmente no estaba nada convencida de una posible asociación con alguien que estaba jugando en una categoría completamente distinta a la mía habitual – más cerca del Papi fútbol que de la Liga Universitaria.  Tampoco tenía ganas de contaminar el vínculo profesional, pero, como en otras tantas oportunidades, en ese momento dije “le he dado vida a cada muerto, ¿why not? Capaz que yendo a lo opuesto puede andar”.  Ya a los dos días de conocernos empezó su ritual de apareamiento posmoderno: te agrego a Instagram, te voy reaccionando a algunas historias, te tiro algún fueguito, semanas después te tiro un comentario privado y así durante varias semanas hasta que propuso coincidir. 

Estaba terminando alguno de mis eternos días de doce horas y la noche había llegado con un dulzor en el aire tibio típico de noviembre. Recibo una reacción a una historia:

Él – ¿En qué andas?

Yo- Acá, recién termino de trabajar. 

– Está divina la noche como para una cerveza.

– Eso mismo estaba por solucionar en este momento.

– Ah

– …

– ¿Por dónde estás? 

– Y…cerca de mi casa (a casi 40 minutos de distancia de su barrio)

– Ah ok, yo también estaba para tomarme una cerveza.

– Ajá

– ¿Capaz nos juntamos a compartir una?

– ¿Es una propuesta o una invitación? Hasta las doce puedo.

– Bueno, nos encontramos a las nueve.

Yendo yo en bus, él llegó tarde…15 minutos tarde, y eso que tiene auto. Nos juntamos en una plaza a tomar una cerveza y fumar uno, hasta ahora parecía la típica cita sub 30 de la cual tengo un máster aprobado. Un poco de charla acá, un poco de charla allá. Cuando sentís que te están mirando y admirando cada cosa que decís o hacés hasta que no pudo contener su cara de desencanto cuando prendí un tabaco (él ya sabía muy de antemano que en esa época yo fumaba). Este señor por su profesión y también por sus temas personales tiene aversión al tabaco. Yo no debería estar ni siquiera considerada como cita debido al nivel de rechazo que le genera pero ahí estábamos, intercambiando banalidades. Y así como en tantas citas, luego de que las campanas sonaran las doce, cumple con el ritual caballeresco de llevarme a casa, tirándome un beso agradablemente sorpresivo de despedida. A partir de ese momento su interés sólo iba en aumento. 

Una semana después nos volvimos a ver, esta vez él iba a cocinar algo para los dos en su casa. Empezamos a profundizar más en detalles personales: sus matrimonios, sus hábitos y sus hobbies. Persona hiper metódica, hiper ordenada, analítico al mil y (según él) un disociado emocional en cuanto a vínculos románticos se refiere; no se encariña mucho y supo ser un infiel reincidente. Por otro lado, súper generoso con sus detalles; el postre que yo quería, el vino que me gustaba, 40 gramos de porro de club de cortesía y hasta un longboard que no usaba: “LLévatelo, yo no lo uso”. Esa noche la pasamos muy bien, me quedé a dormir y debo decir que ser atleta después de los 40 rinde y rinde físicamente hablando, mis temores respecto a mi vitalidad versus su edad cronológica estaban infundados más no así el efecto “no hay edad para ser boludo” que iba a acontecer.

Van pasando algunos días, algunas interacciones, pero coincidir era prácticamente imposible y ante tanta trancadera y espera empieza mi aburrimiento, mi hastío y mi dispersión. Ahí, en la tercera o cuarta cita me entero que estaba a punto de ser papá con una “amiga” con la cual se les había escapado un tiro luego de haberse convencido después de años de intentarlo con sus ex parejas que era estéril. La cancelada mental fue automática. No tanto por el baby on the way (bueno, un poco sí) sino por la falta de frontalidad. También a partir de esos momentos empezó a ser más insistente con el tema del tabaco, con lo que le generaba y lo innecesario que era. Aclaremos que desde el primer momento que me vio profesionalmente él ya sabía que yo fumaba, no fue sorpresa. A partir de ahí me escribía para citarme, para tratar de arreglar algún momento para vernos y por equis o por y, ya sea estar al 100% para la mamá de su futuro hijo y todo lo que eso implicaba, o cancelaba sobre el pucho, o me dejaba esperando. Fue avisado. Así como fueron avisadas tantas citas flash a los cuales se les comunicaba “si es hoy, tengo dos horas nada más para tomarnos un café porque tengo que seguir trabajando”, dos horas que podría invertir en siesta, en gimnasio, en una peli que me llene el alma o en un flow de yoga en el parque, pero de esas 2 horas de espacio libre que estoy dispuesta a compartir contigo no las tengo para desperdiciar esperando. Ni esperando por un bondi, ni esperando que alguien termine, ni esperando que llegue alguien. Ni siquiera por un polvo, si hablamos de tiempo como plata; ¿Pagaría 1000 dólares por este polvo? Mmmm…no lo creo.

De las tantas veces que he recibido por varias personas “No sé, vemos. Te voy avisando. ¿Qué apuro tenés? ¡Cuánta ansiedad! ¿No podés esperar?” Y…el tiempo no espera por uno, el tiempo sigue pasando.  Creo que esta persona entendió que llegar tarde era motivo de despido directo. Si venís 10, 15 minutos atrasado…le pasa a cualquiera. Si llegás 30 o 40 minutos atrasado SIEMPRE, me estás tomando el pelo o no sabés gestionar tus propios recursos, por lo tanto ¿por qué te confiaría los míos? (léase tiempo y energía vital). El tipo se disculpó bastante, aceptó que la primera parte de la cita iba a estar mufada y trajo un merengue gigante para redimirse, sabiendo ya cuál era la crónica de su muerte anunciada luego de la tercera vez que hacía lo mismo. 

De hecho, tanto me pudre esperar que en mi tiempo libre hago actividades que no requieren espera y cuando es absolutamente necesaria lo tomo como una inversión carísima. Tal como con este personaje, en alguna oportunidad me ha citado a las 22 y empieza a escribirme a las 20.30 para decirme que sí y termina diluyéndose en un va y viene de “al final se me complicó” enviado recién a las 22:30. Me ha pasado de invitar a mi familia y/o amigos a almorzar, preparar todo y estar cagada de hambre una hora y media mirando el plato vacío. Y cada una de esas me han llevado a dejar de hacer determinados planes con personas difusas. Cuando trabajas tantas horas por día tu tiempo libre vale oro; hay que fijarse quién lo sabe y lo valora con su accionar; contestar un “sí” o “no”, cumplir con la palabra y en caso de no poder hacerlo, avisar. En mi manual de etiqueta, rodeados de posibilidades para comunicarnos, la ausencia de aviso o confirmación es una falta de modales enorme, me podrías decir “me cago en tu tiempo y en tu disposición” y es casi que lo mismo. También así ha sucedido que al aprender esto si quedaste en algo y no me avisás entonces yo automáticamente voy a disponer de ese tiempo para otra cosa; ejemplo textual de un mensaje a ese futuro papi:

-“¿Al final nos juntamos hoy?”

– Vos no me contestaste ni sí ni no así que ya hice otros planes.

– …

Tuvimos esa conversación varias veces: las necesarias como para ilustrarle la importancia que le daba a esta unidad de medida abstracta. Él estaba en un momento caótico de su vida, cuando ya había aceptado que nunca iba a ser padre empezaba toda una travesía que lo consumía mental y físicamente, más su trabajo, más su entrenamiento, más sus perros, etc. Empecé a mermar mi comunicación y mi interés, alcanzó con un mes y medio de que llegara tarde casi siempre, se le complicaran seis de siete días de la semana, tuviese un hijo en camino el cual por obvias razones iba a ocupar todos sus espacios…y mi pregunta en ese momento fue casi como cuando se quejó del cigarro “Ya sabías que fumaba. Ya sabías que no ibas a tener tiempo, ni energía, ni espacio mental ni nada para esto… ¿para qué venir a joder? ¿Para qué agitarme si no podés dar lo que no tenés?”. Se lo dije en la que sería nuestra quinta y última cita; su respuesta fue que él no pensaba que yo le iba a gustar más allá de lo superficial, que nuestra dinámica iba a ser más recreativa que emotiva y que me conoció en el peor momento de su gestión humana. Y bueno, ¿qué decirte? Pensé que el diablo sabía más por viejo que por diablo dónde se mete y con quién.

Debido a este ejemplo como otros tantos antes que él, me he entrenado mental y emocionalmente para ser paciente en un sinfín de situaciones, desde esperar buses eternos hasta escuchar a alguien quejarse por lo mismo durante años, pedirte consejo todas las semanas y no hacer nada al respecto. Esperá a tu hermano, esperá a tus compañeros que todavía no terminaron, esperá a que llegue mamá, esperá a las vacaciones, esperá al fin de semana, esperá cuando tengas 18 para salir con tus amigos, esperá a vivir sola para hacer lo que se te canta, esperá a ganarte tu propio sueldo antes de hacerte un tatuaje…esperá, esperá, esperá. 

De tanto esperar durante la vida me he desesperado de mil maneras, entrando en ciclos de aburrimiento, ansiedad extrema, pérdida completa de foco y apatía total cuando finalmente llega el momento. Esos inexorables minutos que van sucediéndose uno tras otro luego que pasó el punto temporal acordado son los que desesperan mi espera. Para mí el tiempo es lo más valioso que tengo, es el mejor regalo que te puedo dar y es el regalo más preciado que puedo recibir de alguien. Algo que no va a volver nunca más, algo que no se va a repetir, algo que por más que tengas la plata no vas a poder comprar. Si sabés de entrada que el cigarro te cancela, si sabés que no tenés tiempo ni para cagar, ¿por qué venir a hacerme perder el tiempo a mí? Quizás hoy en día esperar una hora, tres días o cuatro semanas para algo no significa nada para muchos, yo lo veo al revés: si te dicen que tenés una hora, tres días o cuatro semanas para vivir, seguro pensarías en otro valor para tu tiempo. Una hora de siesta vale muchísimo si estoy en una semana agotadora, dos horas con las personas que amo pueden valer incluso mucho más que ocho horas de sueldo. No soy de la que va a esperar que te organices la mente y la vida, ya lo hice y entendí que la mejor inversión de ese tiempo es en uno. En un mundo donde podés estar pelotudeando con el celular durante tres horas pero se te complica gestionar una juntada muestra el valor que cada uno le da a su recurso, las prioridades en su vida y en lo que lo invierte.

Antes, como con este caballero, me mufaba la espera, iba chequeando el teléfono, me sentía completamente desvalorizada ante la impunidad del gasto por parte de un tercero. Ahora lo interpreto, lo observo, presto atención al uso que le da el otro; cómo, dónde, cuándo y de qué manera utiliza SU tiempo. Quizás te lo diga una sola vez, porque nadie tiene bola de cristal para saber el top 5 de las prioridades de vida de los demás. Luego que ya te comuniqué eso simplemente te dejo ser y reevalúo mi inversión o directamente cancelo la suscripción a ese tipo de dinámicas. Puedo esperarte si me avisás que estás complicado, puedo empatizar con los miles de variables para que tu atraso sea válido; pero cuando es una constante, cuando no te podés organizar ni vos, ya aprendí que después de media hora una dama no espera, una dama prospera.

Y así después de ese tipo de situaciones aprendí que seguir esperando a que un laburo mediocre te reconozca materialmente el trabajo era perder el tiempo también, y después de tu mejor evaluación anual le mandás curriculum al laburo que te gustaría tener sabiendo que vas a crecer profesional y económicamente ahí. Y también cuando subís el valor de tu hora laboral te das cuenta que te estabas devaluando a nivel personal, entonces también dejás de esperar al que te tira indirectas y te reacciona todo con corazoncitos sin jugársela. Dejás de esperar a que las cosas sean distintas, empezás a ser distinta vos. Dejás de esperar que alguien se decida a ver qué quiere contigo y en vez de cambiar tu valor de hora, cambias de mercado. Que el que te quiere ver, sabe que tu tiempo vale y va a proponer y/o respetar lo acordado. Y así es que vas aprendiendo donde depositar toda esa plata que se llaman horas de vida, invertís en lo que sabés va a rendir frutos, invertís donde es recíproco; ya sea en el gimnasio o en la siesta. Ante el agotamiento del 85% de las veces ser la única gestante organizativa de algo tan básico como un encuentro, ahora simplemente aviso lo que voy a hacer y quien esté, está y quién no, bueno…deja de ser mi tema.  Esta persona aprendió en cinco citas lo que pasa cuando no estás ni capacitado ni habilitado para vincularte como al otro te dice explícitamente lo que le hace bien; ni aún con sus regalos, cenas y palabras de afecto podés compensar el tiempo que me hacés perder. Hoy en día (tres años después de los acontecimientos mencionados) esta persona está en mi vida, pero solamente de forma profesional, es un excelente ser humano y sé que puedo contar con él genuinamente. Recibo varios “te quiero mucho” en mis cumpleaños y hasta me bautizó con un sobrenombre adorable…sí, el “disociado emocional”.  

Todo ese tipo de dinámicas me han llevado a disfrutar enormemente mi tiempo sola, lo valoro muchísimo y cuando lo comparto es un tesoro personal. El saber que si quiero hacer algo la presencia o ausencia de alguien no me limita en absoluto, no me retiene ni me retrasa. Voy a hacerlo con o sin quien sea. Que, si me dicen “¿Che, querés ir a tal lugar a tal hora?” te voy a contestar en cuanto sepa, no vas a tener que preguntarme de nuevo el mismo día a ver si finalmente lo voy a hacer ni te voy a dejar esperando horas. Porque TU tiempo es lo único que no te vuelve, que tampoco se te devuelve y que no podés dar si no tenés; en un mundo lleno de ciegos que dicen “vemos” y tibiezas del “puede ser”, es refrescante recibir un baldazo, ya sea por sí o por no.

Un comentario sobre “¿Qué esperar cuando esperás?

Deja un comentario